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Indiana Jones, El regreso de la legendaria épica




Desde hace mucho, demasiado tiempo… esta semana y este día han tenido un nombre propio. De hecho, lo que llevamos todo el año pasado y parte del que está en curso lo lleva teniendo. Desde el mismo instante en el que George Lucas y Steven Spielberg confirmaron el rodaje de una nueva entrega de la Saga de aventuras más importante de la Historia del Cine contemporáneo. El retorno de Indiana Jones a la gran pantalla ha despertado la nostalgia y ha resucitado al mito de toda una generación que espera este filme con la esperanza de reconquistar la ilusión comercial y fílmica del eterno personaje interpretado por Harrison Ford.

La petición pública y la nostalgia han logrado desempolvar una de sus legendarias figuras más lucrativas, asumiendo que, en los turbulentos y aburridos tiempos de Hollywood, era necesario dar una nueva lección de hegemonía por parte de los dos pirotécnicos más listos del mundo del cine, de devolver a la actualidad a una de las supremas efigies en cuanto comercialidad clásica se refiere. Ni Lucas ni Spielberg iban a dejar pasar la oportunidad de ofrecer al espectador una aventura más del arqueólogo más famoso de todos los tiempos. Y aquí está, diecinueve años después. Como si por él no hubiera pasado el tiempo.



El vitalista icono imperecedero, arquetipo del acrisolado héroe clásico, reanuda sus hazañas desde que en 1989 se alejara de la aventura después, eso sí, de alterar y revolucionar la concepción mercantilista del cine, de haber insuflado un transformación y una aplastante ruptura en todos los aspectos, no ya sólo en un entorno cultural y estético, sino como aportación de un mito de carácter universal. Indiana Jones vuelve al cine para restituir el crédito del cine de entretenimiento, de la magia de unos años evocados con melancolía.

Spielberg, inmerso en una evolución temática y estilística que no tiene límites, no podía dejar pasar la oportunidad de recordar sus mejores y viejos tiempos y retorcer hasta el génesis de su propia genialidad, cuando era apodado como “Rey Midas” y avasallaba con su talento, supeditando al espectador a la sortilegio cinematográfico como nadie lo había hecho hasta el momento.

Es la hora, por tanto, de aparcar prejuicios y lanzarse de lleno a la esfera escapista y fantástica de la ficción, aquella que convirtió a este personaje en una reconocida figura de fisonomía y rasgos inmortales. La hora de que Indy ofrezca lo mejor de sí mismo en otro ‘tour de force’ de descomunal vigor y luminiscencia dentro del apagado panorama del cine entendido como distracción, como arma de ocio. Del mismo del que tanto echan de menos los ‘blockbuster’ actuales, sin lustre. Es la hora de que Steven Spielberg rescate al niño que todos llevamos dentro y reformule la embrionaria entidad de su cine, la inagotable capacidad autóctona de deleitar al público y manifestar por enésima vez su brillante inventiva visual, esta vez de la mano de un guionista en racha como es David Koepp.



Echar un vistazo al génesis de Indiana Jones es reiterar un cúmulo de anécdotas, efemérides e historias alrededor de su consecución, de su origen y prosperidad. Desde ese encuentro vacacional, según cuenta la leyenda, en el Hotel Mauna Kea de Hawai, por parte de Lucas y Spielberg tras el agotante rodaje de Star Wars y el fiasco comercial de "1941", respectivamente, la Saga pasó a ser de una idea brillante a una optimista realidad.

La idea inicial fue adoptar una ciencia como la arqueología para transformarla en otra categoría bien diferente, la de un universo de hazañas y riesgos que, obviamente, está fuera de cualquier raciocinio. Indiana Jones (nacido Indiana Smith), debía aportar un aire fresco al cine comercial, simbolizando a un antihéroe canalla y socarrón, sin muchos prejuicios morales en su ‘modus operandi’, un profesional que trabaja al margen de sus funciones laborales. Indiana Jones debía ser un hombre escéptico de métodos disidentes e iconoclastas, pero con gran sentido del humor y gran atractivo de cara al gran público.

Desde su creación, la arqueología ha sido otra de las muchas excusas que han configurado la personalidad del épico rol, símbolo innato del héroe ‘spielbergiano’. No hay una intención antropológica en las aventuras del héroe del látigo, puesto que en vez del estudio teorizante sobre el pasado de aquellas reliquias que rastrea el intrépido aventurero, de la funcionalidad social de los vestigios culturales o la exhumación histórica, se encuentra la simple función del espectáculo expuesto como un gran juego de artificio, muchas veces en contra de la realidad y de la Historia, pero sin olvidarse de ella.

Jones es la antitesis de los arqueólogos elitistas y decimonónicos, dotado con la dualidad característica de todo superhéroe, consistente en la dualidad. Por una parte, del erudito hombre que ejerce como docente universitario. Por otra, de intrépido viajero que dedica su tiempo libre a recuperar la historia perdida para que repose en los museos abordando con aticismo el riesgo que pueda haber en sus misiones.



Steven Spielberg consideró al personaje como el icono homérico ideal que otorgar desde su particular visión del cine narrativo e ilusorio, dotado con esencia épica. Era oportunidad de oro para desarrollar una inventiva visual inexplorada hasta la fecha. El cineasta, genial narrador de sobrado talento y oficio, ya en los años 80, define en pantalla al personaje con admirable soltura, sin perder de vista el tono clásico, proporcionando las dosis de acción con sutilidad y contundencia, siempre en función de una exigente correlación entre el espectador y el espectáculo al que es sometido, al sufrimiento físico al que es sujeto un arqueólogo que padece, sufre, sangra, suda y corre cuando está en peligro. Aspectos muy alejados de la reciedumbre e imbatibilidad del arquetipo heroico tradicional.

Por supuesto, en una Saga como esta, no falta el elemento fantástico, la nigromancia de las ciencias ocultas o las creencias teologales que imponen una cierta incógnita al devenir lógico de los acontecimientos. En las aventuras de Indiana Jones, la aventura afecta a todos los grados de la narración. Es el factor que mueve a sus personajes, muy por encima de todos los demás aspectos sobre los que gravitan los argumentos, logrando la difícil tarea de esquivar sutilmente la complejidad subjetiva del rol, aportando pequeñas ráfagas de profundidad íntima del personaje, reducido a algunos retazos biográficos; como su fobia a las serpientes, su irónica visión ante algún que otro aspecto de la vida o de su profesión, puntualizadas en breves retazos anecdóticos de su pasado.




Es la quintaesencia del cine de aventuras, donde Spielberg supo contribuir al Cine de los 80 el gran secreto de su éxito: la sencillez con la que se utiliza el esquema clásico, donde el héroe inicia un viaje en busca del tesoro y en cuyo camino se enfrentará a temibles enemigos que también quieren lo mismo, contando para ello con aliados y una chica que le acompaña en su hazaña.

La poderosa iconografía de Indiana Jones simboliza, en su fin más inmediato, un concepto de heroísmo universal, que concreta sus aventuras en un contexto atemporal y se desvincula de sus antecedentes con un estilo cimentado en el ritmo, en la cadencia sin freno de los acontecimientos, en la mera improvisación. Indiana Jones se transformó así, en el héroe más carismático del Cine y sus andanzas arqueológicas se convirtieron, con el paso de los años, en las aventuras cinematográficas más grandes jamás contadas.

Llegados a este punto, es cuando toca echar mano del tópico documentalista; de recordar que Indiana se debe al nombre del perro del propio George Lucas o que Spielberg fue quien lo apellidó Jones, que Marion era el nombre de la abuela del guionista Lawrence Kasdan. Pero también de evocar que el personaje, como tal, nace de nombres como Jim Steranko, títulos como ‘Terry y los piratas’, ‘The seven cities of Cibola’ o géneros provenientes de la literatura ‘pulp’ y las funciones de ‘matinees’ de aquellos sábados que tanto influyeron en Lucas y Spielberg en sus respectivas infancias.

Indiana Jones nace de la nostalgia aventurera, de los seriales de los años 30 y 40, con reminiscencias del Fred C. Dobbs de Bogart en El tesoro de Sierra Madre o el vestuario Charlton Heston de ‘El secreto de los Incas’ y la inevitable influencia clásica de cineastas del crédito de Siodmak, Tourneur, Ford, Lang o Curtiz, sin relegar la idea primigenia de homenajear al James Bond de Ian Flemming.

La efigie de Indiana Jones, luciendo un fedora de copa alta de Herbert Johnson comprado en la tienda Saville Row de Londres, proyectada como una sombra es, hoy en día, una de las imágenes más representativas e iconográficas de los fastos cinematográficos. La leyenda de ese vestuario con cromatismo desértico, chaqueta de piel roída, eterna bandolera y un látigo como arma distintiva ha pasado a determinar una imagen imborrable y reconocible en cualquier parte del universo.




La inicial disposición de la historia que defendió en el cine clásico Cecil B. DeMille, la de comenzar con una explosión de intensidad que vaya ‘in crescendo’, con la fuerza de un terremoto, ha sido siempre la pauta estatutaria de la Saga, de su esencia frenética por hacer un homenaje y ofrenda al cine de siempre. Sin embargo, Indiana Jones se convirtió en algo mucho más importante, haciendo de su leyenda el máximo exponente del cine americano. El personaje responsable, como era de prever y con todo el merecimiento posible, de que Steven Spielberg alcanzara, a la precoz edad de 35 años, la divinidad cinematográfica y el Olimpo de Hollywood.




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